Capítulo I
“On y danse, on y
danse…”
El sol brillaba en el
cielo francés. Las chicharras ensordecían a cualquier transeúnte que se
atreviera a recorrer las calurosas calles de la ciudad de Avignon. Un mes había
transcurrido ya desde que dejé Barcelona para trabajar aquel mes de Julio en el
monstruoso festival de teatro.
Muchas de mis preguntas
quedaban sin respuesta a lo largo de las horas. De hecho la continua actividad
me dejaba ajeno de todas ellas; la bicicleta y los paseos parecían un buen
antídoto, aunque, al final, nunca se puede reprimir la realidad. Evidentemente,
y fuera de clichés desgastados mis preguntas giraban en torno a lo que los humanos
conocemos como “relación”: el maldito “amor”, el dichoso intercambio más o
menos intelectual (defiriendo, claro está, en la especie de ser humano que
concierna) entre dos (o más) personas.
No se puede decir que
sea una persona tranquila, supongo que nunca seré lo suficientemente
despreocupado como para vivir sin preocupaciones. La puta realidad es que no
puedo dejar de pensar, en todo y en nada. En resumen, ahí estaba él, y aquí
estaba yo. De aquí unos meses la distancia nos separaría.
Seamos sinceros;
juventud, universidad, Erasmus (gran palabra)… Alemania, norte, frío y largas
palabras. Las indecisiones dejan a uno en el medio de la nada; ni calles ni
esquinas, una gran mierda sin arriba ni abajo ni derecha ni izquierda, una gran
bola de mierda engulléndote alrededor.
“¡En unas horas ya
llegamos, acabamos de dejar la frontera atrás!”. Bendito Whatsapp y sus
malditas informaciones.
Supongo que me “alegré”.
Sentado en aquel sillón de cuero, café y cigarro en mano, un sol que crujía y
una brisa olor lavanda. Videoclips franceses desfilaban en frente de la
pantalla mientras mi tío se preparaba para su sesión matutina de footing (o,
como estudiante de filología inglesa, debo decir jogging). Me levanté. Evidentemente
pensaba en la universidad, el papeleo, la puta burocracia y la lentitud
española para responder emails (gracias Barcelona). Eran tantos los preparativos
que tenía que acabar, que perfilar y especificar que, a veces, o me tenía que
poner a llorar o simplemente pronunciaba palabras de gran calibre en contra de
todo mi país y sus eficaces trabajadores. Supongo que siempre opté por la
segunda opción.
En unas tres horas él
estaría aquí y supongo que yo estaría aquí también, y, a fin de cuentas, sería
bastante irremediable evitar la coexistencia espaciotemporal. Gracias universo
por las relaciones humanas, por la capacidad de reflexión y por la actividad de
la autocrítica. ¿Qué se supone que tenía que hacer? Meses atrás todo esto había
ido quebrándose, mi mente no estaba aquí sino en Bremen, en la universidad de
Bremen, en el norte, en el frío y en las malditas largas palabras.
Decidí no pensar. Venía
ahora y estaría cinco días: unas perfectas vacaciones en pareja en la hermosa Cité d’Avignon; teatro, sol, vino y
crêpes… “Dejemos la fiesta en paz” me dije, ya habría tiempo de hablar en
Barcelona. Decidí prepararme algo de comer. El calor tampoco acompañaba mucho,
pero una pequeña gran ensalada refrescaría el espíritu (o como me gusta más, los
asquerosos órganos que me permiten vivir la vida). Apagué el cigarrillo en el
cenicero y enterré la taza en el montón de platos de la cena de anoche que
sobresalían ligeramente en el fregadero. Después de coger la tabla empecé a
trocear la lechuga. La cortina ondeaba al ritmo del viento que se colaba. Al
sentirlo en la cara miré a través de la ventana, hacia el horizonte. Los verdes
se solapaban con el dorado de los campos y, de vez en cuando, un pequeño
reducto de lavanda olvidada saludaba desde las colinas. “No pienses”, aunque
realmente era un buen momento para recrear un flashback, de esos que aparecen o
borrosos o en blanco y negro, al menos eso es lo que nos enseñan nuestros grandes
amigos de Hollywood.
Lechuga, tomate (los
mejores que he probado nunca), maíz, zanahoria… Todo dentro de un gran cuenco.
Aderezado con alguna de las muchas vinagretas que mi tío había descubierto con
demasiado ímpetu en el Carrefour francés.
Comía en silencio, la
MTV francesa seguía encendida pero esta vez con el “mute” como título
principal. El otro habitante de la casa había salido. Era el técnico de luces y
sonido de mi tío. Su novia acababa de llegar a la estación principal; supongo
que unos días para “reponer” el tiempo perdido de las últimas tres semanas era total
y absolutamente necesario.
Mi tío era y es actor de
teatro, entre muchas otras cosas. Marionetas, música, doblaje… lo que se conoce
como “artista”, aunque se le puedan sacar muchos perfiles diferentes a la
palabra. Había estrenado hace poco en Barcelona y la obra había generado más
que algún beneficio y más que alguna alegría así que con la actual España y su
gran (in)cultura debe caracterizarse como total y rotundo éxito.
Puestos a explicar, mi “novio”
– podríamos suponer que en el actual avanzado sistema ideológico noroccidental
dónde ya nos podemos hasta casar (!) se puede utilizar el término o, al menos
que yo sepa, se utiliza – no venía solo. Mi tía, pareja de mi tío
(lógicamente), venía con mis dos primos y J. Mi tía, marionetista y actriz
también, era la directora de la obra, una adaptación interesante del aclamado
“Ser o no ser” del tan idolatrado Shakespeare. Sin embargo, a causa de su
trabajo como profesora de teatro y madre (a cual más pesado) no había podido
disfrutar de todo el festival. Personas extrañas, buenas personas y un tanto
alternativos, supongo que se podría establecer como definición de mis tíos. Al margen
de cualquier prejuicio, eran unas personas de, digamos, gran capacidad
comunicativa, ni callados debajo del agua, y a mí, eso, me encantaba por encima
de cualquier cosa.