domingo, 13 de enero de 2013

“On y danse, on y danse…”


Capítulo I

“On y danse, on y danse…”

El sol brillaba en el cielo francés. Las chicharras ensordecían a cualquier transeúnte que se atreviera a recorrer las calurosas calles de la ciudad de Avignon. Un mes había transcurrido ya desde que dejé Barcelona para trabajar aquel mes de Julio en el monstruoso festival de teatro.
Muchas de mis preguntas quedaban sin respuesta a lo largo de las horas. De hecho la continua actividad me dejaba ajeno de todas ellas; la bicicleta y los paseos parecían un buen antídoto, aunque, al final, nunca se puede reprimir la realidad. Evidentemente, y fuera de clichés desgastados mis preguntas giraban en torno a lo que los humanos conocemos como “relación”: el maldito “amor”, el dichoso intercambio más o menos intelectual (defiriendo, claro está, en la especie de ser humano que concierna) entre dos (o más) personas.
No se puede decir que sea una persona tranquila, supongo que nunca seré lo suficientemente despreocupado como para vivir sin preocupaciones. La puta realidad es que no puedo dejar de pensar, en todo y en nada. En resumen, ahí estaba él, y aquí estaba yo. De aquí unos meses la distancia nos separaría.
Seamos sinceros; juventud, universidad, Erasmus (gran palabra)… Alemania, norte, frío y largas palabras. Las indecisiones dejan a uno en el medio de la nada; ni calles ni esquinas, una gran mierda sin arriba ni abajo ni derecha ni izquierda, una gran bola de mierda engulléndote alrededor.


“¡En unas horas ya llegamos, acabamos de dejar la frontera atrás!”. Bendito Whatsapp y sus malditas informaciones.

Supongo que me “alegré”. Sentado en aquel sillón de cuero, café y cigarro en mano, un sol que crujía y una brisa olor lavanda. Videoclips franceses desfilaban en frente de la pantalla mientras mi tío se preparaba para su sesión matutina de footing (o, como estudiante de filología inglesa, debo decir jogging). Me levanté. Evidentemente pensaba en la universidad, el papeleo, la puta burocracia y la lentitud española para responder emails (gracias Barcelona). Eran tantos los preparativos que tenía que acabar, que perfilar y especificar que, a veces, o me tenía que poner a llorar o simplemente pronunciaba palabras de gran calibre en contra de todo mi país y sus eficaces trabajadores. Supongo que siempre opté por la segunda opción.
En unas tres horas él estaría aquí y supongo que yo estaría aquí también, y, a fin de cuentas, sería bastante irremediable evitar la coexistencia espaciotemporal. Gracias universo por las relaciones humanas, por la capacidad de reflexión y por la actividad de la autocrítica. ¿Qué se supone que tenía que hacer? Meses atrás todo esto había ido quebrándose, mi mente no estaba aquí sino en Bremen, en la universidad de Bremen, en el norte, en el frío y en las malditas largas palabras.
Decidí no pensar. Venía ahora y estaría cinco días: unas perfectas vacaciones en pareja en la hermosa Cité d’Avignon; teatro, sol, vino y crêpes… “Dejemos la fiesta en paz” me dije, ya habría tiempo de hablar en Barcelona. Decidí prepararme algo de comer. El calor tampoco acompañaba mucho, pero una pequeña gran ensalada refrescaría el espíritu (o como me gusta más, los asquerosos órganos que me permiten vivir la vida). Apagué el cigarrillo en el cenicero y enterré la taza en el montón de platos de la cena de anoche que sobresalían ligeramente en el fregadero. Después de coger la tabla empecé a trocear la lechuga. La cortina ondeaba al ritmo del viento que se colaba. Al sentirlo en la cara miré a través de la ventana, hacia el horizonte. Los verdes se solapaban con el dorado de los campos y, de vez en cuando, un pequeño reducto de lavanda olvidada saludaba desde las colinas. “No pienses”, aunque realmente era un buen momento para recrear un flashback, de esos que aparecen o borrosos o en blanco y negro, al menos eso es lo que nos enseñan nuestros grandes amigos de Hollywood.
Lechuga, tomate (los mejores que he probado nunca), maíz, zanahoria… Todo dentro de un gran cuenco. Aderezado con alguna de las muchas vinagretas que mi tío había descubierto con demasiado ímpetu en el Carrefour francés.
Comía en silencio, la MTV francesa seguía encendida pero esta vez con el “mute” como título principal. El otro habitante de la casa había salido. Era el técnico de luces y sonido de mi tío. Su novia acababa de llegar a la estación principal; supongo que unos días para “reponer” el tiempo perdido de las últimas tres semanas era total y absolutamente necesario.
Mi tío era y es actor de teatro, entre muchas otras cosas. Marionetas, música, doblaje… lo que se conoce como “artista”, aunque se le puedan sacar muchos perfiles diferentes a la palabra. Había estrenado hace poco en Barcelona y la obra había generado más que algún beneficio y más que alguna alegría así que con la actual España y su gran (in)cultura debe caracterizarse como total y rotundo éxito.
Puestos a explicar, mi “novio” – podríamos suponer que en el actual avanzado sistema ideológico noroccidental dónde ya nos podemos hasta casar (!) se puede utilizar el término o, al menos que yo sepa, se utiliza – no venía solo. Mi tía, pareja de mi tío (lógicamente), venía con mis dos primos y J. Mi tía, marionetista y actriz también, era la directora de la obra, una adaptación interesante del aclamado “Ser o no ser” del tan idolatrado Shakespeare. Sin embargo, a causa de su trabajo como profesora de teatro y madre (a cual más pesado) no había podido disfrutar de todo el festival. Personas extrañas, buenas personas y un tanto alternativos, supongo que se podría establecer como definición de mis tíos. Al margen de cualquier prejuicio, eran unas personas de, digamos, gran capacidad comunicativa, ni callados debajo del agua, y a mí, eso, me encantaba por encima de cualquier cosa.

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